Divagancia de Mayo y ajá, Feliz día de la Madre que te parió.

Snapshot_20140509No he dormido nadita desde ayer. Me emborraché. Lo que no es novedad, pero traía ganas de escribir algo y pues no sé me ocurría como empezar más que por la razón por la cual me dieron ganas de escribir. Y me digo, pues a huevo, si para eso tienes un blog, que igual y nadie lee, pero ahí lo tienes y puedes escribir lo que se te ocurra. 

Se trata de eso ¿No? De una divagancia, de un deambular entre las ideas y las palabras, pero lo que yo les quería contar es mi día de ayer. La cosa está así: los 09 de mayo, me pongo o muy feliz o muy triste. Muy feliz cuando estoy con él, porque cumple años ese día, o muy triste, cuando estoy sin él como ahora que estamos bien alejados; como ayer, ni nos hablamos, ni nos pelamos, ni nos volteamos a ver. Igual y ya es la definitiva y como todos dicen, debo de dejar de pensar en pendejadas y aceptar que ya se fue, que se fue pa’ no volver. Pero no. Porque cuesta. Deshacerse de la idea de la persona que amas y de todos sus recuerdos, sus recovecos y los resabios que transmitió a punta de sexo increíble, pues no es fácil. 

Regresando al día de ayer: cosa es que ayer también terminamos el proyecto de mercadotecnia política, y los compañeros del salón decidimos embriagarnos. Les digo que no es novedad. Pero antes de todo el etanol, me pasé por su casa –sí, cual stalker, de mi ex pues, para que ya me entiendan– sin decir nada, sin hablarle, no más para ver si estaba, y si no estaba, iba a ser bien difícil saber porque ni modos que me metiera a su cuarto. Pero sí. Sí estaba. Haciendo hot dogs. Siempre en su cumpleaños hace hot dogs, no sé porqué. Tal vez es por lo homosexual digo: le encantan las salchichas. Lo vi desde la ventana, usanba el tenedor para mover lo que sea que cocinaba, que yo digo eran hot dogs. No me bajé de la bici, di vuelta en U, me regresé a casa de una amiga, donde luego me tomé un xanax y me puse a beber todo lo que pude. Que ni fue tanto. Pero ahí me fueron dando las 5 am y yo despierto y ecuánime escuchando a Keane porque con Keane me ha dado por llorar bajo la regadera en estos días. Mi amiga me quitó la computadora porque ella no traía ganas de llorar a las 5 de la mañana. Yo estaba ebrio, pero no como otras veces: esta vez mesurado, como con falta de ánimos, sin hacer desfiguros, sin nada de qué arrepentirme al día siguiente. Entiéndase día siguiente cuando sale el sol, sale el sol y dices “¡Verga, me acosté con ese cabrón!”. No, nada de eso pasó esta vez. Nada de que avergonzarse. 

Tomé mi bici como a las 8:30 y pedaleé contra el viento unos 7 kilómetros para llegar a casa. Los mismos 7 kilómetros que la noche anterior había recorrido para ver a Rafael, con el pretexto claro, de irme a embriagar a casa de una amiga que vive a unas cuadras de su casa. Que triste se ha de leer todo esto. Ni me importa. E igual y sí, sí me importa y como muchos blogueros no más ándole contando mi vida a quién sabe quién, en quién sabe donde para llamar la atención y no sentirme tan de la mierda; tan solo. 

Pensé en ir a verle. Otra vez. Por la mañana. Como para felicitarlo en 10 de mayo, o sea en su cumpleaños pero ya no en su día. Como para suavizarme las cosas ilusamente. Nada. No me me animé. Me acobardé según yo; eso, o recobré la cordura, la dignidad, de no ir a rebajarme y a arrastrarme por un cabrón. Quién sabe. Ahí juzgue usted querido lector. 

Durante el camino de regreso a casa me tocó la resaca. La boca seca, el dolor de cabeza, la sensación y el pensamiento de: “¡Puta madre, para qué tomé tanto!”. Se me antojaron unas tortas de cochinita en el camino –para curar la cruda–, pero después de todas las calorías del ron y del vodka igual y me esfuerzo mucho para no probar bocado en toda la semana. Así que no compre nada. Bueno sí. Ya en el centro compré una flor. Un chico iba pasando con una rosa y dije: “Chale, para su enamorada”. Luego me acordé del 10 de mayo. Que es día de la madre. 

Para no verme tan pinche, pasé al centro y le compré una rosa a mamá. Una de esas rosas pinchísimas, de 15.00 pesos. De esas con papel celofán y unas ramitas de sabrá Dios qué planta y que son súper kitsch. Ya con la baratija en la mochila, pedaleé el kilómetro y medio que me faltaba para llegar a casa, siempre con el pinche viento del este haciéndomela de instructor de spinning. Yo, con cero motivación y con resaca, sorteando a los automovilistas que se pasan de ojetes no más porque andas en bici. Llegué a casa y antes de que mi madre me oliera las tristezas y el aliento a alcohol de precio accesible: le di la rosa pinchísima y un abrazo mal dado. Les digo que no quería que me oliera ni el alcohol ni las tristezas.

Mi pobre madre, aceptándome una jodida rosa cuando a ella ni la gustan las flores. Fingió que le gustó. Yo sé que no. Mi madre no es de esas, de esas madres que las compras con algo tan chafa. Creo que a ninguna madre se la compra con una rosa. Son regalos paliativos. Ni decir que te acordaste, con eso no es suficiente. Para una madre, lo que verdaderamente importa, lo que a ellas –o al menos a la mía– en verdad le gustaría es que no sé: le liquidaras las tarjetas de crédito, o mínimo te lucieras con una mensualidad. Pero aceptan las rosas porque son educadas, porque no les queda de otra. Fingen que les gustan porque te aman, y porque ya te parieron, y ha de ser una joda el haberte parido y que tú, en un jodido 10 de mayo, le caigas no más con una rosa. Pobre de mi madre. Se merece su mensualidad de la tarjeta. Prometo pagársela. 

Ya ahora escribo esto desde la comodidad de mi hogar. Necesito dormir pero la adicción a la internet no me deja. Me tomé un otedram al empezar a escribir la entrada. Ya me dio sueño. Ahora sí me iré a dormir. 

Felicidades a todas las madres, sea por lo que sea que lo son, y como lo sean. También a algunos papás que la hacen de madre. Aunque eso de las felicitaciones a las madres ya es como peligroso en la internet. Salen las feminazis a decir que no hay que felicitarlas porque es machismo, quesque son cosas propiciadas e inculcadas por la cultura patrialcal; pero si no las felicitas, también eres machista porque no les das su lugar. En fin, a las feminazis nadie las entiende, ni ellas, pero aún así felicidades a todas las feminazis por ser mujeres y a las que son madres: pues por ser madres. A pesar del dolorosísimo y horrible parto, ha de estar chingón poder gestar vida. O como sea que se diga, dar a luz, hasta por cesárea. Felicidades pues. Son rete chingonas. 

 

Cristóbal Cano.

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