Samantha y el ladrón de bicicletas.

Advertencia: este post debe leerse en sintonía con la canción “Hallelujah” en versión de Rufus Wainwright, la cual pueden encontrar en la siguiente liga: http://www.youtube.com/watch?v=y6ubYV8yq4g.

 

Samantha. Samantha es mi bici. O bueno, lo era. Hace un año llegó a mi vida en un momento atribulado en el que yo, sinceramente, necesitaba escapar de mi triste realidad. Samantha fue un regalo. El mejor regalo. ¿Por qué? No sólo por ser un medio de transporte sustentable, y todos los beneficios que eso conlleva, sino que, además, era roja, con su freno de disco, suspensores, veteada de negro y blanco, con un caballito hermoso y unas ruedas que olían genial. Samantha no era una bici, era LA BICI. Y bueno, para que vean lo sexy que era, aquí les dejo una foto.

532208_264704180375012_1683890299_nMi bici representa mi libertad, cosa que exprimí en este año. No dependía absolutamente de nadie, más que de mi mismo, de la fuerza de mis piernas, de acero de Samantha y del caucho de sus ruedas, pero ella siempre estaba ahí para llevarme a donde sea. Lista para mí. Sin hacer preguntas. Sin quejarse. Incansable. Valiente, veloz.

Samantha me llevó a muchos lugares impensables y con ella entré a algunos otros de los cuales no estoy muy orgulloso. Me ayudó a escapar de algunos gañanes una vez que paseaba con ella cerca de la media noche. Samantha me ayudó a bajar de peso. Samantha hizo fuerte mi corazón y no estamos hablando de la reducción de mis niveles de colesterol precisamente.

Entonces ayer, martes 25 de marzo, un aciago día del 2014, ocurrió lo inimaginable. Un hijo de puta hurtó a Samantha mientras yo estaba aprovechando el martes de frutas y verduras en el supermercado.

El incidente ocurrió más o menos a las 7:20 de la noche. Llegué al súper y estacioné a Samantha en los racks destinados para las bicicletas. Por mi mente paso el clásico “ponle cadena”, pero en esas, me abordó el cuidacoches, el “viene viene”, quien le puso a Samantha una cuerda con una ficha y un número pintado en ella, y a mí, me dio otra ficha que correspondía al número que ya Samantha tenía asignado. Entonces me confié. Y dije, pues este cabrón la ha de cuidar.

No es por presumir pero, como no ver a Samantha, la bici más guapa de cuadra, entre puras bicicletas viejas y chorreadas. La elección era obvia. Para no hacerles el cuento largo. Entré al súper y realicé mis compras. Al salir, desde unos 30 metros divisé que Samantha ya no estaba. Entonces mi corazón empezó a latir con desesperación. Corrí hacia los racks, bolsas en mano, y al llegar sólo confirmé lo que ya sabía. Habían robado mi bici. Sentí todo lo que una persona puede sentir como cuando el amor de su vida lo abandona. 77981-crying-in-the-shower-gif-docto-WZVO

Corrí con los guardias y pedí ayuda, pedí que revisaran las cámaras de seguridad. Los cabrones me dijeron que ninguna de las 4 cámaras en la zona puede girar y puede ver hacia los racks, los cuales están frente a la puerta de la plaza. Empecé a argumentar cosas que ya no vienen al caso y que ya les conté a todo el mundo el día de ayer. Eso… eso ya no tiene mucha importancia.

Lo que sí la tiene es que espero que el hijo de puta que se llevó a Samantha, acabe bajo las ruedas de un autobús. Y es que no sólo me quitó mi medio de transporte ecológico y sustentable, sino que, además afecto mis tiempos. Afectóme emocionalmente porque Samantha fue un regalo, porque yo en verdad la quiero mucho, y porque Samantha me ayudó muchísimo en mi proceso de recuperación. Samantha me hacía una mejor persona. Ahora, todos tendrán que soportarme encabronado todos los días.

Dicen que la ocasión hace al ladrón… espero que haya ocasión para joderlo. El “viene viene”, a quién no identificaré, llegó a un acuerdo monetario conmigo el cual si bien, no es la cantidad exacta del precio de Samantha, menos su depreciación mensual, es algo significativo y que, aunque tengo derecho a recibir compensación por mi pérdida, el hecho de recibir dicho dinero no me hace sentir bien. Yo no quería joder a nadie.

En fin. Me quedan los bonitos recuerdos con Samantha. Y los horribles deseos para quien se la robó. En esta vida todo se devuelve y a veces por triplicado.

 Cristóbal Cano.

 

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Bacantes: intentando explicarme.

01Para quienes gustan de los productos culturales de élite, Bacantes de La Rendija, es, fue o será una obra obligada. De ésta se ha hablado tanto, en tantos lugares, por tantas personas, que me era imposible no ir a ver aquello que fue tan alabado, abucheado, aplaudido y desdeñado.

08Así, desde el regreso de la compañía a las tierras yucatecas, y desde el anuncio de una temporada más de la obra de Eurípides, me programé para asistir a alguna de sus funciones. Cosa que logré el sábado pasado.

Entré a la sede 50/51 con cierta extrañeza aunque con una idea en mente: aquello no iba a ser precisamente igual, faltaba ver si sería diferente. Bacantes había que verlo, como antes dije, porque levantó varias cejas ya sea por aprobación o por rechazo, porque así como cautivó a unos, a otros les provocó grandes bochornos (doble morales sí, claro, pero bochornos al fin y al cabo).

¿Por dónde empezar?

Los primeros adjetivos calificativos que de esta obra se me ocurren son valiente y exigente. Valiente pues no cualquiera se abre en par para mostrarnos su anatomía completa, no cualquiera muestra las tetas a 50 personas por función: no cualquiera en esta ciudad tan recatada y doble moral. Valiente porque se atreve a deconstruir y reconstruir una obra clásica dotándola de una nueva significación que la acerca a un público pero que tal vez la aleja de las intenciones del autor. Exigente, porque no sólo exige a los actores quienes asumen un porcentaje de riesgo físico al jugar con el tablado de una forma tan atrevida, sino que exige del espectador un grado de madurez, tal vez el conocimiento previo la obra de Eurípides, tal vez la mente abierta a nuevas experiencias y sentimientos como espectador así como el despojo de algunos de sus prejuicios.

La obra clásica griega maridada con aspectos socioculturales y lingüísticos de las tierras yucatecas hasta cierto punto me resulta muy interesante. A la carga expresiva de la obra (ya de por sí trágica), hay que sumarle ciertos elementos que incrementan el dramatismo: tales como el tablado móvil, la iluminación, cuchillos oxidados, los sonidos causados por las botellas al golpearse, el achiote emulando la sangre, la elipsis en el texto así como la sustitución o adición de palabras, frases y fragmentos de texto totalmente nuevo, la lengua maya (indescifrable para mí) y por qué no, unas vísceras de sabrá Dios que animal.

10El desnudo como recurso también es otro aspecto a recalcar ya que por él, la obra libre de La Rendija fue aplaudida, temida y hasta censurada. Particularmente creo que el desnudo no hubiera tenido tanto impacto, o hubiese despertado todas las opiniones que despertó, sin el contacto entre quien se encuentra desnudo y el resto de los actores. Pero ¿Cómo llevar al espectador a donde se pretendía que éste llegase sin el desnudo en una obra de carácter dionisíaco? ¿Cómo representar la lujuria incitada por Eneo sin el contacto físico? ¿Cómo expresar el peligro, la ira, la confusión, la locura y la cordura al mismo tiempo sin exigirse de esa manera y comprometerse físicamente con el riesgo a lastimarse los genitales? Creo que la obra lo amerita, aun cuando he de confesar que también me resultó transgresor.

Dejando de lado el desnudo, el tono de la obra oscila intermitentemente entre la locura y la razón lo que también me satisface. Háblenme de personajes complejos por su fragilidad mental y estoy adentro. Es mi debilidad: me gusta el delirio. ¿Y cómo expresar el delirio si no es con desmesura? ¿Cómo explicar la pérdida del juicio a un espectador inmóvil si no son el exceso de movimiento? Embriaguez y desmesura creo que son permitidos y necesarios cada vez que se hable de Dionisio, pues no es un Dios modoso. 

03Sin embargo no todo me resulta aplaudible. El espectador no tiene un momento de descanso y hasta la acción perpetua puede resultar cansada. La obra tiene una duración aproximada de una hora y media en la cual sin un punto para recuperar el aliento, tal vez, nos sintamos un poco perdidos, difusos, y tal vez desesperados por llegar al verdadero clímax de la obra y una vez que alcanzamos éste, y retomamos el hilo de la trama, tal vez nos apure llegar a su final.

La obra como menciono hace recurso de una gran elipsis, suprimiendo información importante para el espectador poco acostumbrado a las tragedias, a La Rendija, al teatro. En vez de ésta, el público es atiborrado con carga dramática más carga dramática,  aturdiendo los sentidos y desbordando los causes de la sana comprensión lógica.

Aunque ya sabemos que las obras libres de esta compañía se caracterizan por ser sumamente abiertas, analógicas y desmesuradas en su semiótica, no podemos evitar perdernos en un sinfín de juegos simbólicos y masturbaciones mentales que buscan encontrar nuevas relaciones entre significado y significante. Aún sabiendo que tales relaciones pudieran no existir más que en nuestra mente de espectador: nos obligamos analizar absolutamente cada detalle de la obra, de la construcción escénica, de los sonidos, de la luz y de la sombra, en busca de una connotación que tal vez no nos acerque a la intensión o al motivo. Sin embargo, tal vez, es este divagar mental: la escrupulosa búsqueda nuevos significados para acciones ambiguas y poco concretas, es lo que La Rendija ha estado queriendo provocar en nosotros durante todo este tiempo.

Fotografías tomadas de la página web de La Rendija, autoría de José Jorge Carreón, Mariana Torres y Oscar Urrutia.

Cristóbal Cano.

Feliz 2014

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En Noche Vieja hay cierto misticismo y felicidad, nostalgia y cierta esperanza en el porvenir. Todos –o al menos la mayoría– entran en estado de liberación, una catarsis colectiva que únicamente consiste en un día de descanso en nuestros empleos, una cena copiosa y una borrachera tremenda (espero). Y ya con eso como que erase and rewind, tabula rasa, la rueda comienza de nuevo a girar. 

Y así. Un año se va, y un año llega. Supuestamente todo derivado del tiempo que tarda el planeta en darle una vuelta completa al Sol, y los ajustes gregorianos más las cuestiones científicas. Pero todo eso, el saber el por qué celebramos, que es, básicamente una cuestión astronómica y establecida socialmente de forma deliverada, no le quita lo esotérico a este día en el que uno se lamenta o se congratula con lo que durante los 364 días anteriores hizo. 

Para mí también es importante dejar registro de mi año. Así nadie lo lea, es costumbre para mí escribir en mi blog (desde que lo tengo), algunas cuestiones que ocurrieron en el año para que alguien, algún día con mucho tiempo, pueda perderlo entre mis divagaciones y devenires y alguna que otra estupidez escrita en este post. 

Así pues, para mí este fue uno de los años más difíciles de mi vida. Uno nunca sabe cuán mal puede estar, hasta que lo está. Uno cree conocer el sufrimiento, pero –créanme– siempre se puede sufrir un poco más. Este año lo comprobé de verdad y les prometo, intentar no volver a experimentarlo. La vida se me iba y yo iba a dejar que se me vaya. El piso de arriba se ve tan tentador por momentos que bueno, tal como Herman Hesse dice, no es que uno vaya a tomar la navaja de afeitar y cortarse la garganta, pero es un alivio saber que la navaja de afeitar está ahí para nosotros cuando en verdad la necesitemos.

Gracias a mi familia por el apoyo brindado a lo largo de este año que pareció eterno. Gracias infinitas a mis padres y a mis hermanos. Un agradecimiento especial a mis amigos cercanos que también estuvieron ahí durante todo este proceso caótico, aplastante y trepidante. A pesar de todo fue un año de mucho aprendizaje y bastante evolución personal. También fue un año sumamente divertido, etanolado y con regusto a benzodiazepina lo que lo hizo aún más especial. Proyectos en puerta: ninguno. Objetivos: en eso ando. Misión, visión y valores: redefiniéndolos, pero si hay algo que puedo contarles es que vale la pena quedarse y eso lo sé, porque cuando ese auto casi me arolla, yo, salté para esquivarlo. 

Personas se van, otras vienen, algunas se van y regresan intermitentemente; algunas por decencia hagan el favor de no volver. Las cosas cambian y tal como Heráclito dijo: “nadie se baña dos veces en un mismo río”. 

¿Qué espero? Lo mejor para el 2014… es un año de número par, así que esperemos que el caos no reine en él. Lo mejor para mi familia y mis amigos, y lo mejor para mi país que está más roto que yo, más enfermo. Lo mejor para toda esa gente que está allá afuera y que no conozco, pero que tal vez algún día conoceré. 

Gracias. Y Feliz 2014. 

Cristóbal Cano.

Mi vieja Mezca ya no es lo que era… ya no es lo que era.

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El año pasado, para la fiesta de año nuevo, le mentí a todo el mundo (sí, a ti Rafael, sé que estás leyendo esto, te mentí, y no me quedé en mi casa para la cena de año nuevo) para ir a conocer un lugar nuevo y novedoso, La Fundación Mezcalería. Tabú para mí en aquel entonces porque qué clase de gente me iba yo a encontrar en un bar centrero. Pues qué, la onda. Fiesta poca madre, 3:00 ó 4:00 am, no recuerdo bien. Gorritos para todos, cornetitas y confeti por el año que se va y por el año que llega, y sobre todo una bebida que hasta ese entonces en Mérida no se consumía: el mezcal.

Jijiji, jajaja. El baile padrísimo, el chupe chingón, la resaca bien culera. Pero no hay pedo. ¿Ya lo bailado?

La Fudación Mezcalería nació hace año y medio creo, por ahí del mes de junio. Varias personas con un ideal se juntaron y arriesgaron su capital para abrir las puertas de este buen negocio el cual, emplea semanalmente a por lo menos tres decenas de personas. La Mezca, como con cariño le decimos, es pionera en nuestra ciudad: se abrió paso en una brecha del mercado de los bares locales e introdujo al público una bebida poco consumida y bastante temida en el sureste: el mezcal. Aplausos. Educó al mercado local al grado de que ahora muchos se dicen conocedores del cocido de piñas de agave y principales consumidores de éste.

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El éxito de este lugar (lo considero bastante exitoso) se debió a múltiples factores. Después de su apertura, poco a poquito –a traguitos– fue posicionándose en nuestra ciudad: primero atacando un nicho en el mercado de personas clasemedieras, medio sui generis y que buscábamos otra opción de diversión; personas a las que nos da una hueva los antros de Prolongación y nos vomitamos en el clasismo que permea en tales lugares; personas a las que nos caga el elitismo de los RPs y el sistema de castas que se establece en un antro normal; personas, pues, cuyo ideal de diversión no es beber vodka de dudosa procedencia mientras Pitbull grita: “un, do, tre, cua..”.

La Mezca apostó no sólo por bebidas novedosas, también optó por una propuesta musical definitivamente no nueva, pero, sí diferente. La electrocumbia nacía o empezaba a caminar en aquellos entonces, retomando los ritmos sonideros y mezclándolos con samples o simplemente reproduciéndolos con un background diferente, otro bit. Los DJs locales no sabían muy bien que pedo con este híbrido, y en un principio parecía que todo setlist pudo haber salido de un iPod… ¡pero eso que diablos importa si en la pista podías bailar sin ningún pudor Llorar y llorar de Cañaveral, libre de tapujos, desplegando los pasitos que tu madre te había enseñado un 24 de diciembre! A traguitos, los DJs de La Mezca, junto con su electrocumbia y su música tropical fueron también posicionándose.

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Me lo hicieron llegar por inbox porque sabían que me cagaría de la risa.

En la licuadora del éxito también tenemos que añadir el espacio (estoy hablando del inmueble). Nos encontramos pues en un lugar bastante abstracto, decorado con los supplies sobrantes de una fiesta de XV años. Lo kitsch estaba en tendencia y aunque ya en 2009 habíamos visto las primeras apariciones de todo aquello que es “de mal gusto”, lo hipster lo trajo de regreso y así, de la mano, lo reimpulsó al gusto de las masas. Una tendencia tomó y arrastró  a la otra y bueno, de repente, lo naco es chido y ya no estaba mal visto que te encantaran los recuerdos de boda y la fotografía opaca de Lola Beltrán. Al entrar en La Mezca el ambiente era raro, pero como chido, como tuyo. Un ambiente creado con lucecitas que quedaron de la navidad, papelitos picados para no olvidarnos de que estamos en México y los tacones de alguna chica que muy ebria perdió su zapatilla. La publicidad es otro factor importante que logró posicionar a La Mezca, ya que sus irreverentes tabloides fueron tan buenos como memorables, para muestra el especial de Miley: de lo mejorcito (les prometo que está impreso en mi recámara). El publicity sin duda determinante, pues hechizado por el mezcal y el bailongo es inevitable que de boca a boca se transmita publicidad para este peculiar lugar.

La Mezca también fue innovadora con su equipo de trabajo: personas normales sin aires de grandeza, cercanas, un servicio excelente y una política estrictamente incluyente; poco a poco el lema de este “bar” fue transformándose en “la mezcla”. Y es que en sus mesas, pasillos y su pista de baile, vale madres el outfit, el color, el status o el nivel socioeconómico.

Aparentemente tal política hoy en día aún permanece vigente, de esos días pluriculturales, incluyentes y de ambiente cercano, cálido y locochón, no más nos queda el recuerdo. Bueno es para La Mezca que haya que esperar una hora para poder entrar a bailar dos cumbias y tomarse un pomo de mezcal de tamarindo: los negocios se abren con la idea de crecer, de ampliarse, de consolidarse y de generar ingresos y beneficios económicos para quienes han depositado sus capitales en ello y para la fuerza de trabajo descapitalizada que se emplea para lograr tales beneficios. La Mezca lo logró en año y medio (eso creo yo, al menos eso es lo que especulo, ya que no le he echado ojo a sus libros de contaduría o a su Compaq para saber a ciencia cierta como están sus números), y hoy día si llegas temprano y tienes suerte, no tendrás problema alguno para entrar. Pero si te han dado las 12:00 am, prepárate para una larga fila y será mejor que lleves cigarrillos para la espera. No se confunda usted lector, mi queja no es la muchedumbre, ni que La Mezca sea un hervidero después de las media noche, la aglomeración no es pedo, en el bailongo se disfruta.

1235924_192727887572642_2039571175_nPoco a poco el ambiente de La Mezca fue tomando otro cariz. Me cuesta mucho aceptarlo y escribo con pesar. El fin de semana pasado me encontré de nuevo en el lugar y ahora sí, me fue inevitable admitir que mi vieja Mezca ya no es lo que era, ya no es lo que era. Ninguna cara me era conocida. ¿Dónde está la clientela que logró tal consolidación? ¿A dónde se mudó “la mezcla” sociocultural y convergente que cada fin de semana se reventaba de bailar en la pista embrujada?

Cuando este sui generis bar dejó su etapa de bebé y pasó a su consolidación perdió su esencia, eso es innegable. Aquí muchos dirán “renovarse o morir”, pero no hubo otra innovación que La Mezca ejecutara, simplemente se adecuó a su nueva clientela en pos, definitivamente creo, de los beneficios económicos. Económicamente estoy de acuerdo, así es la mercadotecnia: no es lo mismo una mesa de consumo moderado que una mesa de alto consumo. Y a eso habría que preguntarnos ¿Las gente bien que apesta La Mezca ahora, realmente realiza un consumo elevado?

1239797_192727754239322_881120773_nMe cuestiono sobre si entraron en un proceso de desmarketing; están intentando reposicionarse, redirigir su mercado meta o simplemente la mezcla multicultural que ahí se dio nunca fue su verdadero objetivo. Me pregunto si todo ese crisol fue producto accidental y dada la oportunidad únicamente fue utilizado como trampolín para llegar a los niveles socieconómicos deseados y sin duda heterogéneos.  ¿Dónde quedan las otras innovaciones que posicionaron La Mezca como lo que hoy día es, hablo del trato cálido de los meseros, del recibimiento humano de los chicos en la puerta, dónde quedaron los amables barmans, dónde quedaron pues las políticas incluyentes. Preguntas inútiles, sin respuesta o que quizá se responden por sí mismas.

 Entiendo la situación que enfrenta el país, entiendo el alza de precios. No pido una membresía ni mucho menos cuando el lema era la inclusión… pero ahora todo el personal está ávido de tú dinero y no de tú experiencia. No, tampoco se confunda lector, no hablo del dinero, hablo de la perdida de una esencia. La Mezca hoy día ha dejado de ser lo que era –sea lo que sea que alguna vez fue– para transformarse en un antro más de la ciudad.

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¿Cuál es la diferencia entonces con todos los antritos de vodka adulterado? La respuesta, muy simple, provino de unas niñas bien, de nalgas meadas, que el fin pasado por la noche estaban medio pedas y que a bien me respondieron: “aquí podemos hacer lo que no, en nuestros bares de preferencia”. Un springbreak para nacionales.

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Claro que hay una “mezcla”, las chicas y los chicos de ropón alcanforado (como dijera Laura Restrepo) mezclando su ADN con gente con la que normalmente no se besarían, o que son demasiado gringos para ir a los antros del norte de la ciudad; porque no señores, el gringo promedio no se va a Nósfera (¿todavía existe? no sé muy bien, nunca voy a los antros). La cosa es entonces bajar al centro a hacer tu desmadre en un lugar en el que sabes no serás juzgado ya no por las políticas, ya no por la imagen empresarial, sino porque estás pagando. Lo cual también es válido, pero es doblemoral. Los problemas vienen no en un cambio de actitud de la gente que acude, sino en un cambio de actitud plenamente perceptible en los dirigentes del negocio. Supongo que como todo, al final los beneficios mandan.

Tantos buenos momentos pasados en la pista embrujada, el mezcalito y la chela que tanto me sirvieron en la depresión; las cumbias bailadas ya nadie me las quita. Para mí, La Mezca nunca fue un bar, siempre fue como una fiestota: una pedota multicolor que ampliaba tu panorama y te cansaba los pies de tanto bailar. Un lugar donde la gente rifaba y podía pasar lo que menos te imaginabas que pasaría, un lugar que rompió reglas, paradigmas y tabúes, el sitio al que podías caerle en bici. Creo que nunca fui cliente tan leal de algún otro lugar. Y así como un 31 de diciembre de 2012 la conocí y de ella me enamoré, tal vez este 31 de diciembre de 2013 me toque despedirme.

 Como yo siempre digo: Aquí a nadie se le obliga. Los que van, que se diviertan. Los que no, que por favor me digan ahora en dónde se ponen buenas las fiestas. Desgraciadamente no hay cumbia que dure cien años. Agradezco a todo el personal que se portó chido conmigo durante todo este año, en especial a los que me soportaron cuando estaba pedo. A los que no, una mentada de madre. Un saludo a los DJs que me hicieron bailar tanto, a la Tía, al Tío que ahora lo vemos en el otro laredo, y a todos los bailadores. 

Cristóbal Cano.

Madame Bovary: Traer un libro en la bolsa te hace parecer intelectual.

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Meses ocupado: entre la escuela, el trabajo, el servicio, la familia, la rehabilitación y por qué no: dormir, he pasado al menos cuatro meses intentando terminar de leer Madame Bovary de Gustave Flaubert.

Visionario el señor porque ya en 1857, año de la publicación final de la novela, ya tuvo a bien criticar una de las realidades más pearmeables de nuestros tiempos: las amas de casa de cascos ligeros. Putas pues.

La novela nos cuenta la historia de Charles Bovary y su esposa. Él es un médico mediocre, pero bueno, respetable, socialmente aceptable y decente. Ella es una puta. Y digo puta porque en verdad lo es… vamos ya quisiera un doctor mediocre que se desviviese por mí y me cumpliera todos mis deseos.

Madame Bovary, en quien se centra la novela, es una mujer campirana, adinerada y muy poco experimentada que en su época, siente deseos de más y más mundo, más Paris, más máscaras, bailes, vestidos caros –es una mujer bastante común dirían algunos–. Su problema es precisamente ese, ese deseo y tantos otros no saciados que le causan insatisfacción.

Creo que ese es el argumento de la historia, la insatisfacción personal y agena que nos lleva a tomar malas decisiones como la cuantiosa deuda contraída por la señora Bovary, como sus aventuras extramaritales que la llevan a la ruina, y junto con ella a su esposo, dejando al final una hija huérfana y un apellido marcado por la tragedia. Vamos, soné muy conservador lo sé, pero ese es el tono.

La novela de Flaubert no me resulta ni maravillosa ni desdeñable. Tiene momentos extraordinarios, altibajos y cosas tanto rescatables como desechables. Algunos podrían decir que es una novela que Televisa bien podría adaptar pero yo siento que para tales efectos y en general: me faltó más drama, más tragedia, más crudo sufrimiento, más conflicto, pues.

No asistí demasiado a mis clases de guionismo pero recuerdo que el maestro alguna vez dijo que en la estructura dramática, una vez que se alcanza el clímax, hay que retirarse rápido pero con delicadeza para no aburrir al espectador, lector en este caso. Pues bien, después la muerte de madame Bovary, aun nos quedan 40 páginas de descafeinada tragedia y lamentaciones por Charles y Bertha, lo que para mí fue un verdadero suplicio. Me aburría y postergué el final de la novela como un mes más.

Soy clasemediero, ya lo había mencionado. Me veo obligado a usar el transporte público –acostumbro leer en el autobús– y bueno, al rededor de cuatro o cinco meses Madame Bovary me acompaño de un lado a otro sirviendo de dos cosas: siendo peso muerto en mi bolsa y haciéndome parecer intelectual. Cada vez que sacaba el libro y alguien preguntaba “¿Qué lees ahora Cristo?” yo respondía con aire snob, un vaso de cognac y un monóculo en el ojo izquierdo: “Madame Bovary”, y todos reíamos como cerdos intelectuloides en galería de arte contemporáneo barato.

En fin, tampoco es tan mala como Ana Karenina, pero si buscan emoción, definitivamente no es la novela indicada. Hay una película del siglo pasado y Vargas Llosa publicó un ensayo sobre ella, obviamente, más profundo que esta crítica de jueves a las 4:00 am. 

Cristóbal Cano.

Variaciones sobre Beckett, los días felices.

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En este par de meses he tenido la oportunidad de asistir a muchos eventos eventos culturales de los cuales, de la mayoría de ellos no tengo verdaderamente una opinión ni a favor, ni en contra. Pocos puedo decir que me han dejado un buen sabor de boca y menos los que me han cautivado.

fhththrY entonces llegó esta obra, de la mano de El Sótano y de Síndrome Belacqua los cuales han estado presentando todo el mes pasado y parte de este mes, con dos funciones por semana (cuatro en total), una obra de Samuel Beckett cuyo título en español podría ser “Los días felices”. Ambas compañías presentan la misma obra con distinta escenografía, distintos actores, en dos foros diferentes y días diferentes, con algunas variaciones en el contenido de la obra según claro, sus directores. Así, por mutuo acuerdo esta serie de presentaciones se titula Variaciones sobre Beckett: Los días felices.

La obra de Beckett fue estrenada en 1961 y no sé que clase de críticas y opiniones pudo haber tenido en aquel entonces, sinceramente, no me interesan. Lo que puedo decirles yo –profano, ya saben–, el día de hoy es que es simplemente maravillosa. 

dsgerdhteLa trama nos habla de Winnie y de Willie, una pareja de mediana edad que pasa por problemas como todos –quiero pensar–. Winnie se la pasa hablando y Willie parece empeñado a no escucharla. Willie es adicto al sexo y está como obsesionado con una vieja postal porno, mientras Winnie está enterrada de la cintura para abajo. ¿Eso les dice algo?

No tuve la dicha se sentarme a beber con Beckett y de preguntarle qué quería decir con su obra y tampoco me gustan las biografías y los análisis llenos de patrañas que otra gente se dedica a urdir para decirnos lo que el autor nos quería decir así que les voy a contar lo que vi, lo que percibí y lo que sentí. Lo que sí investigué en la web, claro, es que según esta obra fue escrita por Beckett a encargo de su señora esposa. ¿No les dice nada?

gregegrDebo admitir que vi mis cinco años de matrimonio reflejados en las dos horas que duró la obra. Soy Winnie, sí, lo soy. Y es que aunque uno no está enterrado literalmente, si lo imposibilitan las condiciones en las que vive y cuando uno puede hacer tan poco, hace todo lo que puede. Uno se adapta pues, se resigna. Winnie al igual que yo se la pasa hablando y hablando y hablando a lo largo del día y Willie se esfuerza por ignorarla todo el tiempo. Así, cuando Willie le presta atención Winnie exclama “Ah, que felicidad; bendiciones, maravillosas bendiciones”. La obra explora las frustraciones del matrimonio, la incomunicación, la tolerancia y de la necesidad de paz, de que lo dejen en paz. También está por fuerza la costumbre y esa entereza que los hace pese a todo soportar y permanecer, vivir. Winnie se levanta todos los días con el timbre de la mañana y se duerme todos los días con el timbre de la noche y en ese lapso, realiza, a veces metódicamente, ciertas acciones que la mantienen ocupada y más o menos cuerda, bajo el sol abrasador, día tras día, hora tras hora aferrada a la idea, o a la bolsa, o a la bolsa y a la idea de que no está sola, que tal vez, sólo tal vez Willie está escuchándola y que tal vez, sólo tal vez, está prestándole un poco de atención. 

dsfdfddEste drama fuerza al espectador a adentrarse en el monólogo de Winnie ya que las acciones “dinámicas” por decirlo de alguna manera, son casi nulas a lo largo de la obra. Uno espera, espera y espera a que algo suceda y en el momento en que la frustración o la tensión comienzan a aparecer, algún diálogo de Winnie nos toca, nos vemos en él reflejados. Beckett construyó magistralmente sus diálogos entremezclados con citas poéticas y literarias y acompañando el monólogo con pequeñas acciones cargadas de significación que en el momento preciso resultan aplastantes. El mérito también es de los actores y de los directores quien supieron guiar y realizar esta obra que, con sus respectivas variaciones, han logrado cautivar al público o al menos a mí, traumarme.

Como mencioné antes hay diálogos sumamente aplastantes y me dispongo a compartir algunos:

Winnie (después de trasjoder a Willie y que éste le responda violéntamente): 

“Bendito seas,Willie, aprecio tu bondad, ya sé el esfuerzo que te cuesta, ahora puedes descansar no volveré a molestarte, a no ser que no tenga más remedio, quiero decir a no ser que se me acaben todos los recursos, lo que es altamente improbable, saber que en teoría puedes oírme, aunque de hecho no lo hagas, es todo lo que necesito, sentir que estás ahí, al alcance de mi voz, y que estás suficientemente cerca para un ¡quién vive! Es todo lo que pido.

Winnie (sosteniendo por un amplio lapso una sombrilla): 

“Sostener la sombrilla cansa el brazo. Si uno está caminando no, sólo si uno está quieto. Es una observación curiosa. Espero que hayas oído eso, Willie. Me apenaría pensar que no lo escuchaste. Estoy cansada de sostenerla y no puedo bajarla. Estoy mucho peor con ella arriba que abajo y no puedo bajarla. La razón me dice: Bájala, Winnie, no te está ayudando, baja ese trasto y dedícate a otra cosa. No puedo.  No puedo moverme. No, no puedo, algo tiene que pasar en el mundo, suceder algún cambio, para que pueda moverme de nuevo. Willie, ayúdame. ¿No? Pídeme que baje esta cosa, Willie, e inmediatamente te obedeceré como lo he hecho siempre, como siempre lo he hecho, obedecerte y honrarte. Por favor, Willie. Por caridad… ¿No? ¿No puedes? Pues no te culpo,Willie, no, no estaría bien que yo, que no puedo moverme, culpara a mi Willie de no poder hablar.”
La obra me resulta maravillosa ya por toda la significancia que para mí puede contener, por explorar la desesperación, la frustración, incomunicación, y otras cosas hermosas que con los años, minan las relaciones de pareja. El texto forma parte del teatro de lo absurdo y de ahí lo aparentemente intrincado de sus diálogos los cuales, si prestamos atención han sido construidos e hilvanados deliciosamente. Disfrútenla. 
Cristóbal Cano.

Encuentro con Asia: Ma’ Ya’ Ab Art Lab y entre los performers te veas.

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Performance de: Verónica Santiago.

Siempre he sido muy escéptico del arte contemporáneo, del conceptual y de todas esas corrientes que de una u otra manera intentan “romper esquemas” “paradigmas” y cualquier otro concepto parecido que los performers empleen para argumentar sus presentaciones. No me trago lo conceptual, me indigesta. 

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Performance de: Atsuko Yamazaki.

Yo estaba preparado para criticar y decir que todo era mierda… pero, entonces, me acerqué, comencé a observar y como siempre, a hacer preguntas.

Ya subidos al burro, tuve la oportunidad de charlar con Alejo Medina y Verónica Santiago –Pertenecientes a La Rendija— en momentos diferentes de la presentación. El uno, me explicó la dinámica del laboratorio: se trata de un encuentro entre performers asiáticos (especialmente de Japón, Taiwán y Vietnam), performers de origen yucateco y otros que residen en nuestro estado. Se presentan en orden aleatorio, por medio de un sistema de sorteo y cada performer tiene aproximadamente 12 minutos para realizar su intervención. No tienen un argumento ni una linea a la cual ceñirse; los performers pueden presentar –a lo largo de las cuatro presentaciones– el mismo acto o cambiarlo totalmente. La otra me habló un poco sobre las acciones en tiempo real, el valerse del entorno. Se trata entonces de acciones no de historias, de interacción con el entorno, con el tiempo y espacio, con otros individuos y consigo mismos. Además de un contraste entre las técnicas locales y las asiáticas. 

Presentación de: Verónica Santiago

Performance de: Verónica Santiago

Al principio yo estaba medio sacado de pedo, no estaba seguro de a cómo, cuándo y dónde, menos el qué. Pero después de las primeras presentaciones le fui agarrando la onda y es que algunas tienen un significado bastante profundo; o al menos, eso es lo que a mí me pareció ya que como cualquier performance, éstos envían mensajes abiertos a la interpretación de los receptores y cada uno, de acuerdo a su conocimiento previo, vivencias y experiencias le puede ir buscando más pelos o más señales. 

Todo me iba remitiendo al trabajo de T. Hall y sus sistemas de mensajes primarios. Así entendí –váyanme corrigiendo porque avezado en los temas artísticos, la mera verdad, no soy– que el chiste de todo esto es la interacción. ¿Y cómo no interactuar si la interacción misma es estar vivo? Me van a pendejear. Pero sí.

Performance de: Atsuko Yamazaki

Performance de: Atsuko Yamazaki

Las presentaciones también irritaron el entorno y al público. Algunas propuestas muy intersantes y al menos para mí, cargadas de significación como la realizada por Atsuko Yamazaki que nos regaló a los presentes algo que considero, fue un lindo detalle y nosotros, simplemente lo aceptamos. Otra muy significativa fue la de Tomás Gómez el cual, parte de su intervención estuvo “limpiando” el área en la cual previamente se había presentado, trabajado, alterado. Verónica Santiago, contó acciones con su cuerpo al ritmo de unas cumbias en un puesto ambulante de películas y CDs.  Las intervenciones al cambiar de entorno, también se modifican en pos de los recursos disponibles, lo que también puedo llamar “adaptabilidad” y ahí le paro, porque tampoco soy muy fan del arte que requiere derroche de alusiones intelectuales para explicarse. 

Como antes dije: no estoy listo para aplaudirlo, pero al menos, después de introyectarlo puedo decir que quizá comprendo un poco más. Supongo que para cada quién las presentaciones del laboratorio connoten cosas diferentes, e incluso, puede que nada de lo que yo he percibido tenga que ver con las intensiones de los performers, pero tal vez esa la idea. 

Acción, por supuesto… ¿Qué si es arte? Juzgue usted. La moraleja de esta historia es que hay que acercarse a ver; y hay que interactuar para comprender. 

La próxima presentación será el 13 de octubre de este año, en el Olimpo. 

 

Performance de: Tomás Gómez.

Performance de: Tomás Gómez.

Cristóbal Cano.