Mezcalería

Mi vieja Mezca ya no es lo que era… ya no es lo que era.

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El año pasado, para la fiesta de año nuevo, le mentí a todo el mundo (sí, a ti Rafael, sé que estás leyendo esto, te mentí, y no me quedé en mi casa para la cena de año nuevo) para ir a conocer un lugar nuevo y novedoso, La Fundación Mezcalería. Tabú para mí en aquel entonces porque qué clase de gente me iba yo a encontrar en un bar centrero. Pues qué, la onda. Fiesta poca madre, 3:00 ó 4:00 am, no recuerdo bien. Gorritos para todos, cornetitas y confeti por el año que se va y por el año que llega, y sobre todo una bebida que hasta ese entonces en Mérida no se consumía: el mezcal.

Jijiji, jajaja. El baile padrísimo, el chupe chingón, la resaca bien culera. Pero no hay pedo. ¿Ya lo bailado?

La Fudación Mezcalería nació hace año y medio creo, por ahí del mes de junio. Varias personas con un ideal se juntaron y arriesgaron su capital para abrir las puertas de este buen negocio el cual, emplea semanalmente a por lo menos tres decenas de personas. La Mezca, como con cariño le decimos, es pionera en nuestra ciudad: se abrió paso en una brecha del mercado de los bares locales e introdujo al público una bebida poco consumida y bastante temida en el sureste: el mezcal. Aplausos. Educó al mercado local al grado de que ahora muchos se dicen conocedores del cocido de piñas de agave y principales consumidores de éste.

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El éxito de este lugar (lo considero bastante exitoso) se debió a múltiples factores. Después de su apertura, poco a poquito –a traguitos– fue posicionándose en nuestra ciudad: primero atacando un nicho en el mercado de personas clasemedieras, medio sui generis y que buscábamos otra opción de diversión; personas a las que nos da una hueva los antros de Prolongación y nos vomitamos en el clasismo que permea en tales lugares; personas a las que nos caga el elitismo de los RPs y el sistema de castas que se establece en un antro normal; personas, pues, cuyo ideal de diversión no es beber vodka de dudosa procedencia mientras Pitbull grita: “un, do, tre, cua..”.

La Mezca apostó no sólo por bebidas novedosas, también optó por una propuesta musical definitivamente no nueva, pero, sí diferente. La electrocumbia nacía o empezaba a caminar en aquellos entonces, retomando los ritmos sonideros y mezclándolos con samples o simplemente reproduciéndolos con un background diferente, otro bit. Los DJs locales no sabían muy bien que pedo con este híbrido, y en un principio parecía que todo setlist pudo haber salido de un iPod… ¡pero eso que diablos importa si en la pista podías bailar sin ningún pudor Llorar y llorar de Cañaveral, libre de tapujos, desplegando los pasitos que tu madre te había enseñado un 24 de diciembre! A traguitos, los DJs de La Mezca, junto con su electrocumbia y su música tropical fueron también posicionándose.

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Me lo hicieron llegar por inbox porque sabían que me cagaría de la risa.

En la licuadora del éxito también tenemos que añadir el espacio (estoy hablando del inmueble). Nos encontramos pues en un lugar bastante abstracto, decorado con los supplies sobrantes de una fiesta de XV años. Lo kitsch estaba en tendencia y aunque ya en 2009 habíamos visto las primeras apariciones de todo aquello que es “de mal gusto”, lo hipster lo trajo de regreso y así, de la mano, lo reimpulsó al gusto de las masas. Una tendencia tomó y arrastró  a la otra y bueno, de repente, lo naco es chido y ya no estaba mal visto que te encantaran los recuerdos de boda y la fotografía opaca de Lola Beltrán. Al entrar en La Mezca el ambiente era raro, pero como chido, como tuyo. Un ambiente creado con lucecitas que quedaron de la navidad, papelitos picados para no olvidarnos de que estamos en México y los tacones de alguna chica que muy ebria perdió su zapatilla. La publicidad es otro factor importante que logró posicionar a La Mezca, ya que sus irreverentes tabloides fueron tan buenos como memorables, para muestra el especial de Miley: de lo mejorcito (les prometo que está impreso en mi recámara). El publicity sin duda determinante, pues hechizado por el mezcal y el bailongo es inevitable que de boca a boca se transmita publicidad para este peculiar lugar.

La Mezca también fue innovadora con su equipo de trabajo: personas normales sin aires de grandeza, cercanas, un servicio excelente y una política estrictamente incluyente; poco a poco el lema de este “bar” fue transformándose en “la mezcla”. Y es que en sus mesas, pasillos y su pista de baile, vale madres el outfit, el color, el status o el nivel socioeconómico.

Aparentemente tal política hoy en día aún permanece vigente, de esos días pluriculturales, incluyentes y de ambiente cercano, cálido y locochón, no más nos queda el recuerdo. Bueno es para La Mezca que haya que esperar una hora para poder entrar a bailar dos cumbias y tomarse un pomo de mezcal de tamarindo: los negocios se abren con la idea de crecer, de ampliarse, de consolidarse y de generar ingresos y beneficios económicos para quienes han depositado sus capitales en ello y para la fuerza de trabajo descapitalizada que se emplea para lograr tales beneficios. La Mezca lo logró en año y medio (eso creo yo, al menos eso es lo que especulo, ya que no le he echado ojo a sus libros de contaduría o a su Compaq para saber a ciencia cierta como están sus números), y hoy día si llegas temprano y tienes suerte, no tendrás problema alguno para entrar. Pero si te han dado las 12:00 am, prepárate para una larga fila y será mejor que lleves cigarrillos para la espera. No se confunda usted lector, mi queja no es la muchedumbre, ni que La Mezca sea un hervidero después de las media noche, la aglomeración no es pedo, en el bailongo se disfruta.

1235924_192727887572642_2039571175_nPoco a poco el ambiente de La Mezca fue tomando otro cariz. Me cuesta mucho aceptarlo y escribo con pesar. El fin de semana pasado me encontré de nuevo en el lugar y ahora sí, me fue inevitable admitir que mi vieja Mezca ya no es lo que era, ya no es lo que era. Ninguna cara me era conocida. ¿Dónde está la clientela que logró tal consolidación? ¿A dónde se mudó “la mezcla” sociocultural y convergente que cada fin de semana se reventaba de bailar en la pista embrujada?

Cuando este sui generis bar dejó su etapa de bebé y pasó a su consolidación perdió su esencia, eso es innegable. Aquí muchos dirán “renovarse o morir”, pero no hubo otra innovación que La Mezca ejecutara, simplemente se adecuó a su nueva clientela en pos, definitivamente creo, de los beneficios económicos. Económicamente estoy de acuerdo, así es la mercadotecnia: no es lo mismo una mesa de consumo moderado que una mesa de alto consumo. Y a eso habría que preguntarnos ¿Las gente bien que apesta La Mezca ahora, realmente realiza un consumo elevado?

1239797_192727754239322_881120773_nMe cuestiono sobre si entraron en un proceso de desmarketing; están intentando reposicionarse, redirigir su mercado meta o simplemente la mezcla multicultural que ahí se dio nunca fue su verdadero objetivo. Me pregunto si todo ese crisol fue producto accidental y dada la oportunidad únicamente fue utilizado como trampolín para llegar a los niveles socieconómicos deseados y sin duda heterogéneos.  ¿Dónde quedan las otras innovaciones que posicionaron La Mezca como lo que hoy día es, hablo del trato cálido de los meseros, del recibimiento humano de los chicos en la puerta, dónde quedaron los amables barmans, dónde quedaron pues las políticas incluyentes. Preguntas inútiles, sin respuesta o que quizá se responden por sí mismas.

 Entiendo la situación que enfrenta el país, entiendo el alza de precios. No pido una membresía ni mucho menos cuando el lema era la inclusión… pero ahora todo el personal está ávido de tú dinero y no de tú experiencia. No, tampoco se confunda lector, no hablo del dinero, hablo de la perdida de una esencia. La Mezca hoy día ha dejado de ser lo que era –sea lo que sea que alguna vez fue– para transformarse en un antro más de la ciudad.

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¿Cuál es la diferencia entonces con todos los antritos de vodka adulterado? La respuesta, muy simple, provino de unas niñas bien, de nalgas meadas, que el fin pasado por la noche estaban medio pedas y que a bien me respondieron: “aquí podemos hacer lo que no, en nuestros bares de preferencia”. Un springbreak para nacionales.

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Claro que hay una “mezcla”, las chicas y los chicos de ropón alcanforado (como dijera Laura Restrepo) mezclando su ADN con gente con la que normalmente no se besarían, o que son demasiado gringos para ir a los antros del norte de la ciudad; porque no señores, el gringo promedio no se va a Nósfera (¿todavía existe? no sé muy bien, nunca voy a los antros). La cosa es entonces bajar al centro a hacer tu desmadre en un lugar en el que sabes no serás juzgado ya no por las políticas, ya no por la imagen empresarial, sino porque estás pagando. Lo cual también es válido, pero es doblemoral. Los problemas vienen no en un cambio de actitud de la gente que acude, sino en un cambio de actitud plenamente perceptible en los dirigentes del negocio. Supongo que como todo, al final los beneficios mandan.

Tantos buenos momentos pasados en la pista embrujada, el mezcalito y la chela que tanto me sirvieron en la depresión; las cumbias bailadas ya nadie me las quita. Para mí, La Mezca nunca fue un bar, siempre fue como una fiestota: una pedota multicolor que ampliaba tu panorama y te cansaba los pies de tanto bailar. Un lugar donde la gente rifaba y podía pasar lo que menos te imaginabas que pasaría, un lugar que rompió reglas, paradigmas y tabúes, el sitio al que podías caerle en bici. Creo que nunca fui cliente tan leal de algún otro lugar. Y así como un 31 de diciembre de 2012 la conocí y de ella me enamoré, tal vez este 31 de diciembre de 2013 me toque despedirme.

 Como yo siempre digo: Aquí a nadie se le obliga. Los que van, que se diviertan. Los que no, que por favor me digan ahora en dónde se ponen buenas las fiestas. Desgraciadamente no hay cumbia que dure cien años. Agradezco a todo el personal que se portó chido conmigo durante todo este año, en especial a los que me soportaron cuando estaba pedo. A los que no, una mentada de madre. Un saludo a los DJs que me hicieron bailar tanto, a la Tía, al Tío que ahora lo vemos en el otro laredo, y a todos los bailadores. 

Cristóbal Cano.

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