Sendero

Samantha y el ladrón de bicicletas.

Advertencia: este post debe leerse en sintonía con la canción “Hallelujah” en versión de Rufus Wainwright, la cual pueden encontrar en la siguiente liga: http://www.youtube.com/watch?v=y6ubYV8yq4g.

 

Samantha. Samantha es mi bici. O bueno, lo era. Hace un año llegó a mi vida en un momento atribulado en el que yo, sinceramente, necesitaba escapar de mi triste realidad. Samantha fue un regalo. El mejor regalo. ¿Por qué? No sólo por ser un medio de transporte sustentable, y todos los beneficios que eso conlleva, sino que, además, era roja, con su freno de disco, suspensores, veteada de negro y blanco, con un caballito hermoso y unas ruedas que olían genial. Samantha no era una bici, era LA BICI. Y bueno, para que vean lo sexy que era, aquí les dejo una foto.

532208_264704180375012_1683890299_nMi bici representa mi libertad, cosa que exprimí en este año. No dependía absolutamente de nadie, más que de mi mismo, de la fuerza de mis piernas, de acero de Samantha y del caucho de sus ruedas, pero ella siempre estaba ahí para llevarme a donde sea. Lista para mí. Sin hacer preguntas. Sin quejarse. Incansable. Valiente, veloz.

Samantha me llevó a muchos lugares impensables y con ella entré a algunos otros de los cuales no estoy muy orgulloso. Me ayudó a escapar de algunos gañanes una vez que paseaba con ella cerca de la media noche. Samantha me ayudó a bajar de peso. Samantha hizo fuerte mi corazón y no estamos hablando de la reducción de mis niveles de colesterol precisamente.

Entonces ayer, martes 25 de marzo, un aciago día del 2014, ocurrió lo inimaginable. Un hijo de puta hurtó a Samantha mientras yo estaba aprovechando el martes de frutas y verduras en el supermercado.

El incidente ocurrió más o menos a las 7:20 de la noche. Llegué al súper y estacioné a Samantha en los racks destinados para las bicicletas. Por mi mente paso el clásico “ponle cadena”, pero en esas, me abordó el cuidacoches, el “viene viene”, quien le puso a Samantha una cuerda con una ficha y un número pintado en ella, y a mí, me dio otra ficha que correspondía al número que ya Samantha tenía asignado. Entonces me confié. Y dije, pues este cabrón la ha de cuidar.

No es por presumir pero, como no ver a Samantha, la bici más guapa de cuadra, entre puras bicicletas viejas y chorreadas. La elección era obvia. Para no hacerles el cuento largo. Entré al súper y realicé mis compras. Al salir, desde unos 30 metros divisé que Samantha ya no estaba. Entonces mi corazón empezó a latir con desesperación. Corrí hacia los racks, bolsas en mano, y al llegar sólo confirmé lo que ya sabía. Habían robado mi bici. Sentí todo lo que una persona puede sentir como cuando el amor de su vida lo abandona. 77981-crying-in-the-shower-gif-docto-WZVO

Corrí con los guardias y pedí ayuda, pedí que revisaran las cámaras de seguridad. Los cabrones me dijeron que ninguna de las 4 cámaras en la zona puede girar y puede ver hacia los racks, los cuales están frente a la puerta de la plaza. Empecé a argumentar cosas que ya no vienen al caso y que ya les conté a todo el mundo el día de ayer. Eso… eso ya no tiene mucha importancia.

Lo que sí la tiene es que espero que el hijo de puta que se llevó a Samantha, acabe bajo las ruedas de un autobús. Y es que no sólo me quitó mi medio de transporte ecológico y sustentable, sino que, además afecto mis tiempos. Afectóme emocionalmente porque Samantha fue un regalo, porque yo en verdad la quiero mucho, y porque Samantha me ayudó muchísimo en mi proceso de recuperación. Samantha me hacía una mejor persona. Ahora, todos tendrán que soportarme encabronado todos los días.

Dicen que la ocasión hace al ladrón… espero que haya ocasión para joderlo. El “viene viene”, a quién no identificaré, llegó a un acuerdo monetario conmigo el cual si bien, no es la cantidad exacta del precio de Samantha, menos su depreciación mensual, es algo significativo y que, aunque tengo derecho a recibir compensación por mi pérdida, el hecho de recibir dicho dinero no me hace sentir bien. Yo no quería joder a nadie.

En fin. Me quedan los bonitos recuerdos con Samantha. Y los horribles deseos para quien se la robó. En esta vida todo se devuelve y a veces por triplicado.

 Cristóbal Cano.

 

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